Sunday, December 24, 2006

Un cuento demasiado real

Me separé sin saber lo que estaba haciendo, o más bien, en mi empecinamiento por creer que mis decisiones debían ser irrevocables, sólo para evitar causar (y causarme), más dolor del necesario.

El primer día, o quizás los primeros días, no recuerdo bien, dormí tranquilo, con la sensación de que había hecho lo necesario para cauterizar la herida, y que si bien el periodo de recuperación, el periodo de olvido, sería un camino penoso, era en cierta medida un precio a pagar por la auto-promesa de felicidad incumplida.

Por un tiempo, insisto, todo estuvo bien.

Los problemas empezaron más tarde, solo unos meses después. No digo que ella fuera un recuerdo lejano cuando empezó, de hecho, debo decir que aún me iba a dormir deseándole mentalmente buenas noches (todavía lo hago) y me despertaba esperando sentir su contacto a mi lado. Pero con el paso del tiempo se había transformado en una rutina, una especie de fórmula cabalística, un mantra. Nada que perturbara demasiado mi, en general, buen pasar.

Una noche el teléfono sonó y contesté, como es habitual en mi, al tercer ring. Un silencio me saludó del otro lado y luego el sonido intermitente que indica una comunicación interrumpida. Esa noche no pude conciliar el sueño, me revolvía en la cama pensando quién habría sido, sospechando, temiendo, deseando que fuera ella. Pero con la mañana llegó el ansiado descanso y poco a poco fui olvidando el incidente.

O eso pensé. Porque a partir de ese momento cada vez que sonaba el aparato telefónico me lanzaba como poseso a contestarlo, atendiendo muchas veces antes de que se apagara el sonido de llamada.

Empecé a querer tener el teléfono cerca en todo momento. Si estaba en casa, el teléfono me acompañaba, aún cuando subía a la terraza a regar las plantas (adquirí un teléfono inalámbrico, para poder hacer eso).

Me estaba acostumbrando a esa rutina, luego de dos semanas de llegar del trabajo ansioso por encontrarme con el aparatejo cuando un pensamiento terrible me vino a la cabeza: ¿qué pasa si ella llama cuando no estoy? Toda mi tranquilidad se derrumbó como castillo de naipes. Durante un par de horas no pude pensar en nada que me tranquilizara. Al día siguiente, no fui a trabajar. Recién a media tarde, con un esfuerzo inimaginable para alguien que, como yo, se jactó siempre de llevar adelante los proyectos con una determinación propia de vascos, logré despegarme del teléfono y salí, casi corriendo, a la tienda de telefonía que había notado yendo a trabajar, a tres cuadras de distancia. Compré un contestador automático de última generación, con espacio para almacenar veinte minutos de mensajes, una complicada combinación de funciones e inclusive una batería para garantizar que, ante un corte de luz, mis llamadas fueran correctamente almacenadas. Pasé toda la noche armando un mensaje seductor, que invitara a quien llamara a dejar un mensaje, pues con seguridad sería escuchado y respondido en breve (bip).

Mi vida de nuevo se encontraba en marcha, apaciguado como estaba por la seguridad de que si llamaba, yo podría enterarme y contestar, en tiempo y forma. Hasta adquirí la costumbre de llamar desde mi trabajo, a razón de una vez por hora, a ver si el llamado se había producido.

Recuerdo que precisamente estaba ahí, en el trabajo cuando lo pensé, en uno de esos llamados que se producen, esos que hace la gente, que llama y corta y en el contestador queda el sonido intermitente. Muerto de pánico, me di vuelta y lancé un grito de angustia. Mis compañeros se acercaron a preguntar qué me ocurría, si todo se encontraba bien. ¿Cómo explicarles que nada estaba bien? ¿Qué mi mundo se había derrumbado sobre mí? Sólo atiné a decir: “odio que llamen y corten, odio no saber quién me llama”. Un amigo me dijo: “Si ese es tu problema, lo solucionas fácilmente: conseguite un identificador de llamados, así, sabés siempre quien te llama”. Lo solicite desde el trabajo, ese mismo día.

Solo que mi “amigo” me mintió. No sabés siempre quien te llama, tardé un mes en darme cuenta, pero al final lo noté: existe el pequeño detalle de las llamadas privadas.

Empecé a rebuscar hasta que un viejo conocido me sugirió ponerme en contacto con un sujeto que el conocía, que trabajaba en la SIDE y que conocía de “pinchaduras”. “Así, no importa si la llamada es privada, la podés rastrear igual” —me dijo. Me dio un poco de miedo inmiscuirme en asuntos con esa clase de sujetos, pero finalmente (y gracias a otra llamada no identificada en el medio) me decidí.

Ahora tenía casi todo cubierto, sólo había un pequeño problema:

Mi sueldo no me alcanzaba para pagar los servicios de mis nuevos socios, así que tuve que aceptar un empleo adicional, por las noches, en una empresa de servicios que no voy a nombrar.

Apenas si me importó cuando caí en la cuenta de que de esa manera los horarios en los que iba a estar en mi casa eran de lunes a viernes de 2am a 8.10am y los sábados y domingos un poco más, de 2am a 6pm, y que eso restringía la posibilidad de que ella me encontrara cuando llamara.

Apenas si me importó, porque ahora, gracias a todas las medidas que tomé, cuando llame voy a saberlo... y voy a poder contestarle y decirle que me equivoqué, que lo siento.

Friday, September 29, 2006

Y se murió el pelado, nomás

El 22 hojeaba el diario por internet, como casi siempre cuando en el trabajo estoy o muy aburrido o muy agobiado (es decir, como siempre) , cuando leo como titular: Murio Gorriarán Merlo, y abajo: "el último violento".
¿Por qué es importante? Tengo sensaciones contradictorias al respecto. Y como todo, se puede hacer una lectura desde diferentes puntos de vista: personal, político, etc. No pienso hacer una evaluación política sobre la vida y muerte de Ricardo. Solo el tiempo puede dar un veredicto sobre su vida. A mi me toca una apreciación personal.
¿Que decir? Pertenezco a una generación de chicos que crecieron con la derrota de los movimientos de liberación de los '70. Pertenezco también a un pequeño sector de chicos de esa generación que crecieron en el exilio, en guetos argentinos con mayor o menor integración en los países a donde fuimos a parar. Finalmente, pertenezco al minúsculo sector de chicos que crecieron adentro de la estructura del partido o movimiento al que pertenecieron sus padres.
Viví en México durante 9 años, mal soportando una cultura que mis raíces y relaciones me impedían hacer mía (aunque traté), acompañando a mi padre o a mis abuelos a reuniones de grupos de militantes y ex-militantes que planificaban una y otra vez la vuelta.
Por herencia familiar me tocó estar en la fracción que aglutinó el pelado cuando el PRT se dividió (o disolvió como muchos dicen).
Tambien por herencia estuve, como espectador, en las desiciones que ese grupo tomó, de las cuales la más importante a la postre fue la de seguir la lucha, siempre, en cualquier lado donde el pueblo (un pueblo) luche. Así, vi partir a Nicaragua a numeros padres de mis amigos. Así, estuve en muchos lugares y situaciones. Recuerdo por ejemplo el festival de solidaridad con nicaragua, pocos meses antes del triunfo, aquel festival donde Tomas Borge dijo su frase inmortal: "Cuando estabamos en la cárcel, vino un oficial de la guardia nacional a decirnos que Carlos Fonseca había muerto. Nosotros le respondimos, Carlos Fonseca es de los muertos que nunca mueren". Tambien estuve presente cuando el día despues de la revolución, en un avión, se iban a participar de los festejos muchos que también había aportado su grano de arena para hacer posible esa victoria, entre ellos mis abuelos.
Años mas tarde fuí a vivir a Cuba. La Revolución le había abierto las puertas a mis abuelos y hermanos antes de yo me uniera a ellos. Y allí tambien ese grupo en el que crecí estuvo presente: "tios" y "primos" que no dejaron que yo estuviera solo nunca. Que me acompañaron y ayudaron siempre que lo necesité.
Era lógico que sintieramos al MTP como una organización propia, aunque eramos chicos y estabamos a más de 10.000 km de distancia. También fue lógico que sintiéramos en carne propia el asalto al cuartel de la Tablada: varios de mis "primos" murieron ahí. Otros fueron a la cárcel durante años.
Esos momentos fueron quizás los mas duros de mi vida, aunque en ese momento no lo haya notado con la nitidez con la que lo noté ahora: se derrumbaba la revolución que nos había ilusionado en nicaragua, y en casa se derrumbaba nuestra organización. La disolución del campo socialista tambien hacía su parte.
¿Que tiene que ver el pelado con todo esto?
Bien, además de que era uno de mis "tios", era quien, en su persona, en sus errores y aciertos, le daba forma al universo en el que crecí. Por supuesto no fue solo él, fueron muchos los que pesaron, algunos con mayor peso propios que otros. Pero el fue uno de ellos, quizás el más importante.
Años después, mis propios caminos me alejaron de él, tanto que cuando me crucé con el, frente al premier, hace unos dos años (poco después de su liberación), me hice el boludo. No tenía nada contra él (creo que mis palabras hasta aquí han sido más que elocuentes al respecto), solo quería evitar el molesto momento de la identificación mutua: "¿vos sos el hijo de...?".
Tampoco sospechaba que la muerte me iba a quitar la oportunidad de verlo de nuevo, de tributarle en vida el respeto que se merecía.
Como tantos otros, el pelado se fué sin avisar. Le queda el orgullo de, en el acierto o el error, haber luchado hasta el final.

Saliendo del dormitorio

Empecé este blog hace como cinco meses. Ningún post le siguió a la elección del nombre. O mas bien si, uno, que retiré casi inmediatamente porque no satisfizo en lo absoluto misespectativas...
¿Para que un blog? Llevar un diario "intimo" publicado al mundo no es mi estilo... tampoco contar lo que hago o dejo de hacer. Despues de largo cabilar, llegué a la conclusión de que un lugar donde contar las cosas que me angustian y esperanzan puede llegar a ser interesante.
Veremos...