El 22 hojeaba el diario por internet, como casi siempre cuando en el trabajo estoy o muy aburrido o muy agobiado (es decir, como siempre) , cuando leo como titular: Murio Gorriarán Merlo, y abajo: "el último violento".
¿Por qué es importante? Tengo sensaciones contradictorias al respecto. Y como todo, se puede hacer una lectura desde diferentes puntos de vista: personal, político, etc. No pienso hacer una evaluación política sobre la vida y muerte de Ricardo. Solo el tiempo puede dar un veredicto sobre su vida. A mi me toca una apreciación personal.
¿Que decir? Pertenezco a una generación de chicos que crecieron con la derrota de los movimientos de liberación de los '70. Pertenezco también a un pequeño sector de chicos de esa generación que crecieron en el exilio, en guetos argentinos con mayor o menor integración en los países a donde fuimos a parar. Finalmente, pertenezco al minúsculo sector de chicos que crecieron adentro de la estructura del partido o movimiento al que pertenecieron sus padres.
Viví en México durante 9 años, mal soportando una cultura que mis raíces y relaciones me impedían hacer mía (aunque traté), acompañando a mi padre o a mis abuelos a reuniones de grupos de militantes y ex-militantes que planificaban una y otra vez la vuelta.
Por herencia familiar me tocó estar en la fracción que aglutinó el pelado cuando el PRT se dividió (o disolvió como muchos dicen).
Tambien por herencia estuve, como espectador, en las desiciones que ese grupo tomó, de las cuales la más importante a la postre fue la de seguir la lucha, siempre, en cualquier lado donde el pueblo (un pueblo) luche. Así, vi partir a Nicaragua a numeros padres de mis amigos. Así, estuve en muchos lugares y situaciones. Recuerdo por ejemplo el festival de solidaridad con nicaragua, pocos meses antes del triunfo, aquel festival donde Tomas Borge dijo su frase inmortal: "Cuando estabamos en la cárcel, vino un oficial de la guardia nacional a decirnos que Carlos Fonseca había muerto. Nosotros le respondimos, Carlos Fonseca es de los muertos que nunca mueren". Tambien estuve presente cuando el día despues de la revolución, en un avión, se iban a participar de los festejos muchos que también había aportado su grano de arena para hacer posible esa victoria, entre ellos mis abuelos.
Años mas tarde fuí a vivir a Cuba. La Revolución le había abierto las puertas a mis abuelos y hermanos antes de yo me uniera a ellos. Y allí tambien ese grupo en el que crecí estuvo presente: "tios" y "primos" que no dejaron que yo estuviera solo nunca. Que me acompañaron y ayudaron siempre que lo necesité.
Era lógico que sintieramos al MTP como una organización propia, aunque eramos chicos y estabamos a más de 10.000 km de distancia. También fue lógico que sintiéramos en carne propia el asalto al cuartel de la Tablada: varios de mis "primos" murieron ahí. Otros fueron a la cárcel durante años.
Esos momentos fueron quizás los mas duros de mi vida, aunque en ese momento no lo haya notado con la nitidez con la que lo noté ahora: se derrumbaba la revolución que nos había ilusionado en nicaragua, y en casa se derrumbaba nuestra organización. La disolución del campo socialista tambien hacía su parte.
¿Que tiene que ver el pelado con todo esto?
Bien, además de que era uno de mis "tios", era quien, en su persona, en sus errores y aciertos, le daba forma al universo en el que crecí. Por supuesto no fue solo él, fueron muchos los que pesaron, algunos con mayor peso propios que otros. Pero el fue uno de ellos, quizás el más importante.
Años después, mis propios caminos me alejaron de él, tanto que cuando me crucé con el, frente al premier, hace unos dos años (poco después de su liberación), me hice el boludo. No tenía nada contra él (creo que mis palabras hasta aquí han sido más que elocuentes al respecto), solo quería evitar el molesto momento de la identificación mutua: "¿vos sos el hijo de...?".
Tampoco sospechaba que la muerte me iba a quitar la oportunidad de verlo de nuevo, de tributarle en vida el respeto que se merecía.
Como tantos otros, el pelado se fué sin avisar. Le queda el orgullo de, en el acierto o el error, haber luchado hasta el final.
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