Me separé sin saber lo que estaba haciendo, o más bien, en mi empecinamiento por creer que mis decisiones debían ser irrevocables, sólo para evitar causar (y causarme), más dolor del necesario.
El primer día, o quizás los primeros días, no recuerdo bien, dormí tranquilo, con la sensación de que había hecho lo necesario para cauterizar la herida, y que si bien el periodo de recuperación, el periodo de olvido, sería un camino penoso, era en cierta medida un precio a pagar por la auto-promesa de felicidad incumplida.
Por un tiempo, insisto, todo estuvo bien.
Los problemas empezaron más tarde, solo unos meses después. No digo que ella fuera un recuerdo lejano cuando empezó, de hecho, debo decir que aún me iba a dormir deseándole mentalmente buenas noches (todavía lo hago) y me despertaba esperando sentir su contacto a mi lado. Pero con el paso del tiempo se había transformado en una rutina, una especie de fórmula cabalística, un mantra. Nada que perturbara demasiado mi, en general, buen pasar.
Una noche el teléfono sonó y contesté, como es habitual en mi, al tercer ring. Un silencio me saludó del otro lado y luego el sonido intermitente que indica una comunicación interrumpida. Esa noche no pude conciliar el sueño, me revolvía en la cama pensando quién habría sido, sospechando, temiendo, deseando que fuera ella. Pero con la mañana llegó el ansiado descanso y poco a poco fui olvidando el incidente.
O eso pensé. Porque a partir de ese momento cada vez que sonaba el aparato telefónico me lanzaba como poseso a contestarlo, atendiendo muchas veces antes de que se apagara el sonido de llamada.
Empecé a querer tener el teléfono cerca en todo momento. Si estaba en casa, el teléfono me acompañaba, aún cuando subía a la terraza a regar las plantas (adquirí un teléfono inalámbrico, para poder hacer eso).
Me estaba acostumbrando a esa rutina, luego de dos semanas de llegar del trabajo ansioso por encontrarme con el aparatejo cuando un pensamiento terrible me vino a la cabeza: ¿qué pasa si ella llama cuando no estoy? Toda mi tranquilidad se derrumbó como castillo de naipes. Durante un par de horas no pude pensar en nada que me tranquilizara. Al día siguiente, no fui a trabajar. Recién a media tarde, con un esfuerzo inimaginable para alguien que, como yo, se jactó siempre de llevar adelante los proyectos con una determinación propia de vascos, logré despegarme del teléfono y salí, casi corriendo, a la tienda de telefonía que había notado yendo a trabajar, a tres cuadras de distancia. Compré un contestador automático de última generación, con espacio para almacenar veinte minutos de mensajes, una complicada combinación de funciones e inclusive una batería para garantizar que, ante un corte de luz, mis llamadas fueran correctamente almacenadas. Pasé toda la noche armando un mensaje seductor, que invitara a quien llamara a dejar un mensaje, pues con seguridad sería escuchado y respondido en breve (bip).
Mi vida de nuevo se encontraba en marcha, apaciguado como estaba por la seguridad de que si llamaba, yo podría enterarme y contestar, en tiempo y forma. Hasta adquirí la costumbre de llamar desde mi trabajo, a razón de una vez por hora, a ver si el llamado se había producido.
Recuerdo que precisamente estaba ahí, en el trabajo cuando lo pensé, en uno de esos llamados que se producen, esos que hace la gente, que llama y corta y en el contestador queda el sonido intermitente. Muerto de pánico, me di vuelta y lancé un grito de angustia. Mis compañeros se acercaron a preguntar qué me ocurría, si todo se encontraba bien. ¿Cómo explicarles que nada estaba bien? ¿Qué mi mundo se había derrumbado sobre mí? Sólo atiné a decir: “odio que llamen y corten, odio no saber quién me llama”. Un amigo me dijo: “Si ese es tu problema, lo solucionas fácilmente: conseguite un identificador de llamados, así, sabés siempre quien te llama”. Lo solicite desde el trabajo, ese mismo día.
Solo que mi “amigo” me mintió. No sabés siempre quien te llama, tardé un mes en darme cuenta, pero al final lo noté: existe el pequeño detalle de las llamadas privadas.
Empecé a rebuscar hasta que un viejo conocido me sugirió ponerme en contacto con un sujeto que el conocía, que trabajaba en la SIDE y que conocía de “pinchaduras”. “Así, no importa si la llamada es privada, la podés rastrear igual” —me dijo. Me dio un poco de miedo inmiscuirme en asuntos con esa clase de sujetos, pero finalmente (y gracias a otra llamada no identificada en el medio) me decidí.
Ahora tenía casi todo cubierto, sólo había un pequeño problema:
Mi sueldo no me alcanzaba para pagar los servicios de mis nuevos socios, así que tuve que aceptar un empleo adicional, por las noches, en una empresa de servicios que no voy a nombrar.
Apenas si me importó cuando caí en la cuenta de que de esa manera los horarios en los que iba a estar en mi casa eran de lunes a viernes de 2am a 8.10am y los sábados y domingos un poco más, de 2am a 6pm, y que eso restringía la posibilidad de que ella me encontrara cuando llamara.
Apenas si me importó, porque ahora, gracias a todas las medidas que tomé, cuando llame voy a saberlo... y voy a poder contestarle y decirle que me equivoqué, que lo siento.
No comments:
Post a Comment